El síndrome de Hipólito

Hace cinco años dejó de hablar cuando le sentó mal la comida; o eso creyeron todos. Empezó a tener hipo, y pensó que tenía hipo porque hablaba demasiado. Y se dio cuenta que entre menos hablaba menos hipo tenía. Y optó por callar, y el hipo no le abandonó; la gente sí. Y el peso de la soledad le indujo a escribir la historia de un hombre que padecía ataques de hipo. Pero, un día, el personaje le suplicó la muerte a dejarse pisotear por quienes carecían de empatía. Y él, que conocía el sufrimiento, lo dejó sin hipo en una página medio escrita. Y así descansó, horas antes de que los vecinos se dieran golpes de pecho al ver en la sección de necrológicas del periódico de hoy, la esquela de media página con una sola palabra: Hipólito.
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La huida

Cuando encendió la luz un grito desgarrador despertó a toda la vecindad. De soslayo advirtió el peligro. Su salvación no solo dependía de la rapidez, sino de la astucia para esfumarse. Huyó por la única puerta entreabierta donde reinaba la oscuridad más absoluta. Tropezó; un pequeño corte sin más consecuencias que la de caer chapoteando  en un charco maloliente. Sin apenas tiempo avisó a la gran familia. Una cochambrosa tubería le sirvió para escalar hasta otra altura más segura, pero la luz que se colaba por una rendija del fondo la dejó al descubierto. Y una potente lluvia cayó sobre su cuerpo sudoroso, desvalido, sin fuerzas para avanzar. La garganta reseca, casi agrietada  le ocasionó la disnea de una lenta asfixia. Retorciéndose entre estertores con el suplicio de las entrañas chamuscadas, alcanzó a escuchar: “Tranquilízate mi amor y volvamos a la cama. Mañana fumigarán”
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