La estatua de los deseos

Ayer regresé a dar una vueltecita por el mundo llano, y me llamó la atención La Calle de Los Grillos. No me extraña el nombre; es fea, oscura y triste. Allí naufraga la esperanza de los enamorados. El asfalto de azúcar se diluye con las mentiras y entre lágrimas cansadas desaparece por las alcantarillas.
A punto estaba de que brotaran las mías, por pura empatía, cuando la estatua de los deseos me invitó a ponerme al lado del letrero. No importaba si los paseantes echaban la moneda o no. Lo importante era la fe en el anhelo. Eché el mío, ¡y a la vista está! Todo se iluminó  con estrellitas que hubiera querido retener, pero subieron imparables a tachonar el cielo de esta noche de equinoccio (si la luna no hace de las suyas). Confío en que se cumpla.
Últimamente, me dijo la estatua, los amantes solo aspiran transitar la vía con el sucedáneo bajo en calorías, que no les rompa el corazón. ¡Qué lástima!, pensé, La calle de Los Grillos necesita solución, así que fui al ayuntamiento donde trabaja un alcalde que conocí en carnaval, hace unos años. Me ningunearon… Ante tal atropello, empiezo a madurar la idea de formar una plataforma ciudadana para cambiar el sentido, el aspecto y el nombre de La Calle de Los Grillos, por el de La Calle del Azúcar.

© Oteaba Aueroteaba-auer-estatua-de-los-deseos

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Sala de espera

El ascensor paró en la planta sin número del Hospital Gris. Salió una chica mientras pasaba un enfermero que sin detenerse le preguntó: ¿Tu abuelo está bien?…Ni de refilón escuchó la respuesta de que había volado al cielo.
Ocupó el único asiento vacío y relató a los presentes cómo habían sido los últimos días de su enfermedad a partir del holter. Temerosos de pasar por ignorantes, nadie preguntó qué era un holter. La mayoría imaginó una raza de hámster. En cambio, el ejecutivo que observaba a distancia entró en una crisis de pánico. Tiró el maletín y , a través de la camisa, palpó los adhesivos con cables conectados a un dispositivo pegado con esparadrapo. Dando alaridos se arrancó los botones y el holter que pisoteó con saña. Ninguno se acercó a calmarlo. Se lo llevaron por la puerta de acceso prohibido.
Después se enzarzaron en un guirigay sobre la impresión que les produjo desde el día que llegó; ninguna favorable. “¡No perdamos más tiempo hablando del ladrón!”, gritó un octogenario. Entonces apartaron el tema para contar verdades inventadas. De esa manera robaban espejismos de felicidad como evasión al terror que les producía la puerta del fondo. Por allí aparecían las niñas sin cara; tomaban de la mano al elegido y lo invitaban a pasar.
Inexorable, el ascensor continúa subiendo personas. Jamás puede quedar un lugar vacío en la sala de espera. Allí negocian con la mentira hasta que les toca el turno. El enfermero persiste en correr, sin moverse de lugar, haciendo la misma pregunta a todo recién llegado; solo cambia el pariente elegido. Esa es su condena.
© Oteaba Auer

Holter Oteaba Auer Hospital Sala de espera

El síndrome de Hipólito

Hace cinco años dejó de hablar cuando le sentó mal la comida; o eso creyeron todos. Empezó a tener hipo, y pensó que tenía hipo porque hablaba demasiado. Y se dio cuenta que entre menos hablaba menos hipo tenía. Y optó por callar, y el hipo no le abandonó; la gente sí. Y el peso de la soledad le indujo a escribir la historia de un hombre que padecía ataques de hipo. Pero, un día, el personaje le suplicó la muerte a dejarse pisotear por quienes carecían de empatía. Y él, que conocía el sufrimiento, lo dejó sin hipo en una página medio escrita. Y así descansó, horas antes de que los vecinos se dieran golpes de pecho al ver en la sección de necrológicas del periódico de hoy, la esquela de media página con una sola palabra: Hipólito.
© Oteaba AuerEsquela  Oteaba Auer Sindrome Hipolito

La huida

Cuando encendió la luz un grito desgarrador despertó a toda la vecindad. De soslayo advirtió el peligro. Su salvación no solo dependía de la rapidez, sino de la astucia para esfumarse. Huyó por la única puerta entreabierta donde reinaba la oscuridad más absoluta. Tropezó; un pequeño corte sin más consecuencias que la de caer chapoteando  en un charco maloliente. Sin apenas tiempo avisó a la gran familia. Una cochambrosa tubería le sirvió para escalar hasta otra altura más segura, pero la luz que se colaba por una rendija del fondo la dejó al descubierto. Y una potente lluvia cayó sobre su cuerpo sudoroso, desvalido, sin fuerzas para avanzar. La garganta reseca, casi agrietada  le ocasionó la disnea de una lenta asfixia. Retorciéndose entre estertores con el suplicio de las entrañas chamuscadas, alcanzó a escuchar: “Tranquilízate mi amor y volvamos a la cama. Mañana fumigarán”
© Oteaba AuerOteaba Auer Cucarachas Huida