1920 – 2020

Pronto se cumplirá un siglo de mi arriesgada estancia en Chicago. Había llegado en pleno  invierno a buscar  trabajo, pero el éxito no estuvo de mi parte. Una noche de ola polar me acurruqué en el porche de un lujoso edificio y, sin percibirlo, fui cayendo en ese dulce estado de somnolencia que precede a la muerte por congelación. El último recuerdo de entonces es el de un flamante ‘Dodge’ negro que se detuvo frente a mí; también los pantalones a rayas de alguien que me recogía.

Acabé siendo novia de un gánster miembro del clan de los Mascarpone. ¡Me trataba como a una reina! El padre se esforzaba en que aprendiera las sutiles técnicas de la “cosa nostra’” Sin embargo, él prefería pasar las noches en fiestas privadas jugando al póker. Yo me quedaba en la zona de baile con la mosca tras la oreja. Sabía que vigilaban todos mis movimientos para perseguirnos cuando el tramposo de Doménico desplumara a sus jefes.

Con el acelerador a fondo dejábamos atrás los tiroteos de los miembros de la banda, protectores del hijo del jefe. A Doménico le divertía verlos por el retrovisor, asomados a las ventanillas con medio cuerpo fuera. Siempre acabábamos en la cocina de su casa comiendo tiramisú que ‘la mamma’ nos preparaba. Ella me tomó mucho cariño porque en mis facciones reconocía las de sus parientes allende los mares. Jamás detectó mi condición de avatar, ni yo la vi fuera de su reino entre fogones. Un espacio mágico donde los olores, la paz y la armonía que desprendía durante todo el año, solo podía ser comparable a una idílica Noche de Navidad.

© Oteaba Auer

50 AÑOS DE LA LLEGADA A LA LUNA

Hace medio siglo que el hombre salió rumbo a la luna y no he querido perder la oportunidad de acercarme a ella. No a felicitarla sino para gozar de su fresquito; el verano del hemisferio norte me estaba matando. Desde la perspectiva que disfruto en estos momentos, no conozco ningún poema hacia el bellísimo Planeta Azul que los seres humanos se empeñan en destruir.

Hace unas horas emitió un quejido, solamente audible para una sensibilidad pixelada como la mía. Está llena de complejos: se sabe fría y fea. Motivo por el que siempre oculta una zona de la cara. Tanto es así, que solo dos hombres la han tocado y salieron volando. Su mentirosa belleza visible desde la Tierra, no sirve sino para regocijo de humanos, especialmente cuando están enamorados.

Me solidaricé con su problema y le dije aquello de “mejor sola que mal acompañada”. No la consoló… Me abstuve de contarle la que le viene encima desde que la NASA estrelló el cohete Centauro en uno de sus cráteres de la parte oscura y, para su desgracia, descubrieron plata (AG según los crucigramas).

No se necesita mucha imaginación para saber que, en busca del preciado metal, se producirá una emigración masiva, similar al la del siglo IXX con la “fiebre del oro” en Estados Unidos. Por su parte, los chinos ya estarán pensando en una town.Allí venderán falsificaciones de alta joyería Au y Pt fabricadas con Ag. Los rusos ya buscan algún descendiente de Putin… Querida Selene, hoy te canto, hoy te digo que 50 años no es nada.

© Oteaba Auer

CARRIL BICI

Sé que la humana me necesita, aunque sea incapaz de reconocerlo. Se engaña a sí misma  como quien padece una dolencia crónica y mantiene la esperanza hasta el último suspiro. Pero yo jamás la abandonaré, así que me trasladé a su ciudad. La última vez hablé con una estatua que me contó la interesante historia de La Calle de Los Grillos.

La ciudad está cambiada, caótica. Las calles alfombradas con asfalto rojo se extienden sin orden ni concierto. Por suerte, entre la maraña de tráfico y señales contradictorias localicé un paso de peatones. Bajé de la acera, crucé el carril de aparcamiento y, al pisar la alfombra, alguien me agarró con una fuerza sobrenatural salvándome de un atropello. Me giré como un rayo, pero no vi a nadie…

Caía la tarde cuando encontré a mi creadora sentada en el banco de un parque. Inmóvil y con los con los párpados entrecerrados, sostenía papeles en blanco y un bolígrafo sin tinta. Me coloqué a su lado, me miró; no dijo nada. Yo tampoco… Sus ojos irradiaban tedio, desamparo, amargura, cansancio… En definitiva, una implacable tristeza que debo solucionar con mi vida si fuera necesario.

En este sinvivir me obsesionan dos preguntas: ¿Si los carriles fueran de color ecológico, le devolverían la alegría?… ¿Tendremos los avatares un ángel de la guarda?

© Oteaba Auer

DOS PELIRROJAS Y UN ALCALDE

En mi incansable búsqueda llegué a una ciudad de cuento, tan solitaria e incierta como esos espectros que se fraguan en el pensamiento. Conduje por sus calles hasta que se me atravesó un coche que no había respetado el tácito “STOP”. Al volante iba Cardona, un alcalde que hace años conocí en carnaval (Enlace). Nos saludamos con la alegría del alma  que proporcionan estos encuentros. Me invitó a un café. Su afabilidad inspiraba  la confianza necesaria para contarle el peligro que corría quien me dio la vida. Él me abrazó. Un abrazo fraterno que devolví tímidamente para evitar el llanto amenazador que acudía a mis ojos. Acto seguido me dijo:

—Mira Oteaba, ya no soy alcalde y desconozco cómo podría ayudarte.

—Pero tú eres humano como ella… Los personajes no admiten más dilaciones y la dejarán sin memoria el día veinticuatro. ¡Por favor!

Cardona se quedó mudo, cabizbajo, pensativo, preocupado… Y cuando  salió de aquel estado, recibí la gran sorpresa. Me explicó su trayectoria profesional. Actualmente era presidente de la Autoridad Portuaria y conocía a mucha gente. Me aseguró que la encontraría así tuviera que vaciar todos los contenedores del puerto.

Pasaron semanas hasta que esta madrugada, él volvió a soñar que me encontraba en el mismo lugar. Traía noticias alentadoras. Mi querida humana estaba con dos amigas pelirrojas comiendo fabes con almejas. Una de ellas le había servido de estímulo para impedir el motín de los personajes. Mi agradecimiento a Juan J. Cardona fue tan grande que bauticé con su nombre la calle donde nos hallábamos. Pero a Morfeo no debió parecerle correcto y lo reemplazó con el mío.

Ella, esa humana de mis entretelas, nunca sabrá cuánto la cuido, aunque cualquier día me ponga a hibernar. No pasa nada, sé que tarde o temprano vuelve a buscarme. En cuanto a la osadía de los personajes…¡Bah!, no me ensañaré, recibirán el castigo de continuar desencarnados en la cabeza de mi creadora.

© Oteaba AuerJuan José Cardona Autoridad Portuaria en la imaginación de un avatar.

 

RETIRO ESPIRITUAL

Estoy en un sin vivir desde que una señora distinguida me abordó en el metro porque le habían hablado sobre mi apariencia física. Ella no había nacido y conocía a otros seres en las mismas circunstancias. Todas sus vivencias: personas con quienes se habían relacionado, fragancias, gustos musicales, alegrías, enfermedades, muertes, etc. habían surgido en la mente del individuo donde yo también habitaba. Simples personajes que jamás nos encarnaríamos.

De inmediato supe que se trataba de mi humana; probablemente soy su preferida… ¡Me dotó de pixeles! El caso es que fui a una reunión donde había gente de todo pelaje y hasta algún que otro animal. No les importa morir por la causa con tal de que mi querida humana pierda la memoria.

La señora me condujo a una plataforma para que les explicara un modo efectivo de liquidarla. A mi paso, el griterío se iba convirtiendo en murmullo hasta que  se produjo un silencio aterrador. La magnitud de la tragedia que se avecinaba, necesitaba una rápida intervención. Entonces los animé a unirse a la lucha de  PALO (Partido de Avatares Libres Objetores) que fundé en el 2011. La aceptación fue unánime y allí andan peleándose por los cargos y carguitos.

Les informé que me retiraba a planear la organización… De momento he ganado unos meses de vida para mi creadora, aunque no logro encontrar el camino del diálogo para advertirle del peligro en que se encuentra.

©Oteaba AuerProblemas de un escritor. Retiros espirituales para sosegar el alma y el espíritu

LA MANADA

Llevo mucho tiempo en estado de hibernación. Mi creadora me ha olvidado, o eso parece. Pero hoy todos mis neuropixeles se pusieron en marcha cuando tropecé con un antiguo post de mi cosecha titulado “La Manada”. Por entonces no pude prever que cinco años más tarde esa palabra, con su correspondiente artículo, se convertiría en sinónimo de violación. Y, de alguna manera, con esta entrada, quiero sacar al sustantivo del estercolero para reivindicar el significado individual o colectivo que siempre tuvo. © Oteaba Auer

https://llantodepiano.blogspot.com/2011/07/la-manada.html

La estatua de los deseos

Ayer regresé a dar una vueltecita por el mundo llano, y me llamó la atención La Calle de Los Grillos. No me extraña el nombre; es fea, oscura y triste. Allí naufraga la esperanza de los enamorados. El asfalto de azúcar se diluye con las mentiras y entre lágrimas cansadas desaparece por las alcantarillas.
A punto estaba de que brotaran las mías, por pura empatía, cuando la estatua de los deseos me invitó a ponerme al lado del letrero. No importaba si los paseantes echaban la moneda o no. Lo importante era la fe en el anhelo. Eché el mío, ¡y a la vista está! Todo se iluminó  con estrellitas que hubiera querido retener, pero subieron imparables a tachonar el cielo de esta noche de equinoccio (si la luna no hace de las suyas). Confío en que se cumpla.
Últimamente, me dijo la estatua, los amantes solo aspiran transitar la vía con el sucedáneo bajo en calorías, que no les rompa el corazón. ¡Qué lástima!, pensé, La calle de Los Grillos necesita solución, así que fui al ayuntamiento donde trabaja un alcalde que conocí en carnaval, hace unos años. Me ningunearon… Ante tal atropello, empiezo a madurar la idea de formar una plataforma ciudadana para cambiar el sentido, el aspecto y el nombre de La Calle de Los Grillos, por el de La Calle del Azúcar.

© Oteaba Aueroteaba-auer-estatua-de-los-deseos