CARRIL BICI

Sé que Ella me necesita, aunque sea incapaz de reconocerlo. Se engaña a sí misma  como quien padece una dolencia crónica y mantiene la esperanza hasta el último suspiro. Pero yo jamás la abandonaré, así que me trasladé a su ciudad. La última vez, hablé con una estatua que me contó la historia de La Calle de Los Grillos y  le hice una promesa que no he cumplido por falta de tiempo… Espero no encontrármelo.

La ciudad está cambiada, caótica. Las calles alfombradas con asfalto rojo se extienden sin orden ni concierto. El caso es que entre la maraña tráfico y señales, localicé un paso de peatones. Bajé de la acera, crucé el carril de aparcamiento y cuando ya estaba en la alfombra, alguien me agarró con una fuerza sobrenatural, salvándome de un atropello. Cuando me giré no vi a nadie…

Caía la tarde cuando encontré a mi creadora sentada en el banco de un parque. Inmóvil y con los con los párpados entrecerrados. Sostenía papeles en blanco y un bolígrafo sin tinta. Me coloqué a su lado, me miró; no dijo nada. Yo tampoco… Sus ojos irradiaban el sentimiento de tedio, desamparo, amargura, cansancio… En definitiva, de una implacable tristeza.

Ahora pido ayuda sobre la resolución de dos preguntas: ¿Si los carriles fueran de color ecológico, le devolvería la alegría?  La otra es de profundo calado… ¿Los avatares tenemos ángel de la guarda?

© Oteaba Auer

DOS PELIRROJAS Y UN ALCALDE

En mi incansable búsqueda llegué a una ciudad de cuento, tan solitaria e incierta como esos espectros que se fraguan en el pensamiento. Conduje por sus calles hasta que se me atravesó un coche que no había respetado el tácito “STOP”. Al volante iba Cardona, un alcalde que hace años conocí en carnaval (Enlace). Nos saludamos con la alegría del alma  que proporcionan estos encuentros. Me invitó a un café. Su afabilidad inspiraba  la confianza necesaria para contarle el peligro que corría quien me dio la vida. Él me abrazó. Un abrazo fraterno que devolví tímidamente para evitar el llanto amenazador que acudía a mis ojos. Acto seguido me dijo:

—Mira Oteaba, ya no soy alcalde y desconozco cómo podría ayudarte.

—Pero tú eres humano como ella… Los personajes no admiten más dilaciones y la dejarán sin memoria el día veinticuatro. ¡Por favor!

Cardona se quedó mudo, cabizbajo, pensativo, preocupado… Y cuando  salió de aquel estado, recibí la gran sorpresa. Me explicó su trayectoria profesional. Actualmente era presidente de la Autoridad Portuaria y conocía a mucha gente. Me aseguró que la encontraría así tuviera que vaciar todos los contenedores del puerto.

Pasaron semanas hasta que esta madrugada, él volvió a soñar que me encontraba en el mismo lugar. Traía noticias alentadoras. Mi querida humana estaba con dos amigas pelirrojas comiendo fabes con almejas. Una de ellas le había servido de estímulo para impedir el motín de los personajes. Mi agradecimiento a Juan J. Cardona fue tan grande que bauticé con su nombre la calle donde nos hallábamos. Pero a Morfeo no debió parecerle correcto y lo reemplazó con el mío.

Ella, esa humana de mis entretelas, nunca sabrá cuánto la cuido, aunque cualquier día me ponga a hibernar. No pasa nada, sé que tarde o temprano vuelve a buscarme. En cuanto a la osadía de los personajes…¡Bah!, no me ensañaré, recibirán el castigo de continuar desencarnados en la cabeza de mi creadora.

© Oteaba AuerJuan José Cardona Autoridad Portuaria en la imaginación de un avatar.