La estatua de los deseos

Ayer regresé a dar una vueltecita por el mundo llano, y me llamó la atención La Calle de Los Grillos. No me extraña el nombre; es fea, oscura y triste. Allí naufraga la esperanza de los enamorados. El asfalto de azúcar se diluye con las mentiras y, entre lágrimas cansadas, desaparece por las alcantarillas.
A punto estaba de que brotaran las mías, por pura empatía, cuando la estatua de los deseos me invitó a ponerme al lado del letrero. No importaba si los paseantes echaban la moneda o no. Lo importante era la fe en el deseo. Eché el mío, ¡y a la vista está! Todo se iluminó  con estrellitas que hubiera querido retener, pero subieron imparables a tachonar el cielo de esta noche de equinoccio, si la luna no hace de las suyas. Confío en que se cumpla.
Últimamente, me dijo la estatua, los amantes solo aspiran transitar la vía con el sucedáneo bajo en calorías, que no les rompa el corazón. ¡Qué lástima!, pensé. La calle de Los Grillos, necesita solución, así que fui al ayuntamiento donde trabaja un alcalde que conocí en carnaval, hace unos años. Me ningunearon… Ante tal atropello, empiezo a madurar la idea de formar una plataforma ciudadana para cambiar el sentido, el aspecto y el nombre de La Calle de Los Grillos, por el de La Calle del Azúcar.

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El libro

Permanecíamos preocupados en las baldas de la biblioteca familiar, conscientes de que si nos prestaban ya no habría retorno posible; quienes se habían ausentado nunca regresaron. Pero  la luz de un artilugio sirvió para dar el pistoletazo de salida. ¡Nos invade el  e-book!, pensé aterrorizado. Empecé a volar hacia arriba, después hacia abajo, luego en círculos sin control alguno. Choqué varias veces con ancianos de lomos despegados. Al principio me sentía avergonzado; pronto comprendí que era parte de la lucha por la supervivencia. Poco a poco me alejaba de mi compañero de estantería: mi confidente, mi amigo. No volvería a disfrutar de las conversaciones sobre su poesía, ni él de la traducción de mis jeroglíficos. Y, aunque alzar el vuelo fue el sueño de mi vida, la necesidad lo había convertido en mi peor pesadilla.

Ahora, en el tormento de esta lenta agonía de frustración y desamparo en que se me descarnan las hojas, me voy desmembrando por el suelo, pero he logrado atrapar un resquicio de imaginación para fantasear con el descanso de llegar a mi estante como cualquier pajarillo lo hace en su rama….
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Sala de espera

El ascensor paró en la planta sin número del Hospital Gris. Salió una chica mientras pasaba un enfermero que sin detenerse le preguntó: ¿Tu abuelo está bien?…Ni de refilón escuchó la respuesta de que había volado al cielo.
Ocupó el único asiento vacío y relató a los presentes cómo habían sido los últimos días de su enfermedad a partir del holter. Temerosos de pasar por ignorantes, nadie preguntó qué era un holter. La mayoría imaginó una raza de hámster. En cambio, el ejecutivo que observaba a distancia entró en una crisis de pánico. Tiró el maletín y , a través de la camisa, palpó los adhesivos con cables conectados a un dispositivo pegado con esparadrapo. Dando alaridos se arrancó los botones y el holter que pisoteó con saña. Ninguno se acercó a calmarlo. Se lo llevaron por la puerta de acceso prohibido.
Después se enzarzaron en un guirigay sobre la impresión que les produjo desde el día que llegó; ninguna favorable. “¡No perdamos más tiempo hablando del ladrón!”, gritó un octogenario. Entonces apartaron el tema para contar verdades inventadas. De esa manera robaban espejismos de felicidad como evasión al terror que les producía la puerta del fondo. Por allí aparecían las niñas sin cara; tomaban de la mano al elegido y lo invitaban a pasar.
Inexorable, el ascensor continúa subiendo personas. Jamás puede quedar un lugar vacío en la sala de espera. Allí negocian con la mentira hasta que les toca el turno. El enfermero persiste en correr, sin moverse de lugar, haciendo la misma pregunta a todo recién llegado; solo cambia el pariente elegido. Esa es su condena.
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Holter Oteaba Auer Hospital Sala de espera

El síndrome de Hipólito

Hace cinco años dejó de hablar cuando le sentó mal la comida; o eso creyeron todos. Empezó a tener hipo, y pensó que tenía hipo porque hablaba demasiado. Y se dio cuenta que entre menos hablaba menos hipo tenía. Y optó por callar, y el hipo no le abandonó; la gente sí. Y el peso de la soledad le indujo a escribir la historia de un hombre que padecía ataques de hipo. Pero, un día, el personaje le suplicó la muerte a dejarse pisotear por quienes carecían de empatía. Y él, que conocía el sufrimiento, lo dejó sin hipo en una página medio escrita. Y así descansó, horas antes de que los vecinos se dieran golpes de pecho al ver en la sección de necrológicas del periódico de hoy, la esquela de media página con una sola palabra: Hipólito.
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La huida

Cuando encendió la luz un grito desgarrador despertó a toda la vecindad. De soslayo advirtió el peligro. Su salvación no solo dependía de la rapidez, sino de la astucia para esfumarse. Huyó por la única puerta entreabierta donde reinaba la oscuridad más absoluta. Tropezó; un pequeño corte sin más consecuencias que la de caer chapoteando  en un charco maloliente. Sin apenas tiempo avisó a la gran familia. Una cochambrosa tubería le sirvió para escalar hasta otra altura más segura, pero la luz que se colaba por una rendija del fondo la dejó al descubierto. Y una potente lluvia cayó sobre su cuerpo sudoroso, desvalido, sin fuerzas para avanzar. La garganta reseca, casi agrietada  le ocasionó la disnea de una lenta asfixia. Retorciéndose entre estertores con el suplicio de las entrañas chamuscadas, alcanzó a escuchar: “Tranquilízate mi amor y volvamos a la cama. Mañana fumigarán”
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Atraco a La Justicia

Haciendo senderismo por El Pirineo encontré a una mujer ciega. Me detuve a observarla; no se movía. Parecía suspendida en el aire en estado catatónico hasta que le toqué una mano. Entonces se presentó. Se llamaba Justicia. La pobre, estaba muy triste y yo me ofrecí a escuchar su tragedia.
Al parecer, desde el principio de los tiempos, todas las civilizaciones habían intentado desestabilizarla con más o menos acierto. A veces, dejándola sin hálito de aire con el que poder continuar su tarea de lograr el bienestar de la humanidad. Nada, por malo que fuera, comparable a la realidad actual, nada comparable a lo sucedido en aquel mismo lugar tiempo atrás. Hizo una larga pausa y continuó, con voz quebrada, el relato de su infortunio:
Por lo visto, Justicia andaba, de un lado para otro, entre Alemania, Bruselas y La Casa Blanca exigiendo la desaparición del prefijo “IN” en su nombre. Una mañana recibió el aviso de acudir urgentemente a España. Durante la noche sin luna, ya en Los Pirineos, unos bandoleros la dejaron sin espada ni balanza. No le robaron los ojos por razones obvias. Aunque no pudo verlos, el inconfundible tufillo a codicia, vanidad y corrupción que desprendían los delincuentes la llevó a la certeza de que eran políticos, alcaldes, presidentes, y/o algún miembro de la Casa Real.
Su historia me dio tanta pena que le regalé un corazón metafórico para darle ánimos. Este gesto solidario animó a unas estrellitas que iban caminito de Belén. Se quedaron ayudándola en su recuperación para que el prefijo “IN” jamás vuelva a ser adherido a su nombre, y sí usado para expresar la inviolabilidad de derechos a todos los niveles.
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Los cerditos y el poder

Este fue mi primer sueño: Había regresado de la hibernación en el espacio y no encontré a mi creadora, ni a nadie de aquella especie autodenominada  homo sapiens, donde se entremezclaban gente de bien con mediocres y/o poderosos. Entonces, de algún lugar, surgieron cerditos sonrientes y felices pululando a mi alrededor. ¡Parecían huchas voladoras!
Me contaron que los humanos, en su obsesión de ganar batalla a la muerte, crearon granjas porcinas como bancos de órganos vitales. La gran mayoría fueron acuchillados en vivo para que el corazón no dejase de latir con fuerza. Pero, con tanto trasiego genético nació una nueva raza; un híbrido humano-porcino.
Hubo quienes a partir del A.D.N., crearon compañeros sexuales; práctica que no estaba mal vista ni tachada de zoofilia. El fin era desterrar el compromiso y crear un mundo feliz que, a diferencia del de Huxley, no se basaría en castas ni somas.
Ya empezaba a angustiarme pensando en que habría sido de “Ella”, cuando un trío musical me acompañó hasta la salida del mundo onírico. Eso sí, en el último momento, tuvieron la gentileza de advertirme que si aún deseaba ser humana, jamás olvidara un detalle fundamental: “Ese tipo de individuos continuará existiendo y usando las más variopintas artimañas con el fin de alcanzar la superioridad que les permitirá blindar su modo de vida.”
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