ABRAZO VIRTUAL 2021

De un tiempo a esta parte veo a la humana más entonadilla, pero continué sentada sobre el reloj de su cocina por si el desánimo la invadía de nuevo. Y para ser sincera, el lugar me resulta tan cómodo que lo he okupado sin que ninguno de los electrodomésticos me haya denunciado. Solo van a los suyo. La humana les aprieta un botón y después hibernan.

Al principio me daba tanto miedo la lavadora con el ojo cerrado y lleno de espuma, qué contemplé la posibilidad llevar a cabo la misma hazaña de Ulises con Polifemo. ¡Misión imposible!, el palo de la fregona no atravesaría el grueso cristal. Poco a poco me di cuenta de que era inofensiva; incluso siento lástima cuando muestra la oquedad de su cuenca  desnuda.

Todos los objetos de la casa guardan el secreto de mi identidad, al observar cómo le doy abracitos a mi creadora que le ponen la piel de gallina sin entender el motivo.

Hoy salió muy temprano. Yo lo hice tres horas más tarde al ver que no regresaba. Me horrorizó la falta de alegría en las calles mientras me dirigía a la playa de Las Canteras. ¡Oh dios mío! La marea estaba baja y desde la barra la divisé achuchándose con alguien sin importarle las malas lenguas. Ella es muy modosita y jamás la hubiera imaginado en semejante situación. Me disgustó la escena y decidí poner pies en polvorosa, pero me detuvieron tres palomas chismosas.

Me contaron que hoy se celebra  “el día del abrazo virtual” y, por culpa de la pandemia, estaba dándolos a sus personas queridas…, a las que no también; todos lo necesitan. Para conseguirlo,  compró un muñeco en internet que, al sumergir los pies en el agua, activa un mecanismo para transferir el abrazo a las gente.

Yo no tengo monigote alguno, en cambio, durante mi existencia he coincidido con muchísimas personas en los blogs y en el mundo virtual donde nací. A todas ellas les deseo SALUD, ÁNIMO, ESPERANZA y ¡CUÍDENSE!

Mi más sincero ABRAZO VIRTUAL, más real que nunca.

© Oteaba Auer

El libro

Permanecíamos preocupados en las baldas de la biblioteca familiar, conscientes de que si nos prestaban ya no habría retorno posible; quienes se habían ausentado nunca regresaron. Pero  la luz de un artilugio sirvió para dar el pistoletazo de salida. ¡Nos invade el  e-book!, pensé aterrorizado. Empecé a volar hacia arriba, hacia abajo, luego en círculos sin control alguno. Choqué varias veces con ancianos de lomos despegados. Al principio me sentía avergonzado; pronto comprendí que era parte de la lucha por la supervivencia.

Poco a poco me alejaba de mi compañero de estantería: mi confidente, mi amigo. No volvería a disfrutar de las conversaciones sobre su poesía, ni él de la traducción de mis jeroglíficos. Y aunque alzar el vuelo fue el sueño de mi vida, la necesidad lo había convertido en mi peor pesadilla.

Ahora, en el tormento de esta lenta agonía de frustración y desamparo en que se me desgajan las hojas, desmembrándome por el suelo, he logrado atrapar un resquicio de imaginación para fantasear con el descanso de llegar a mi estante como cualquier pajarillo lo hace en su rama….
© Oteaba AuerOteaba Auer El libro e-book