La estatua de los deseos

Ayer regresé a dar una vueltecita por el mundo llano, y me llamó la atención La Calle de Los Grillos. No me extraña el nombre; es fea, oscura y triste. Allí naufraga la esperanza de los enamorados. El asfalto de azúcar se diluye con las mentiras y entre lágrimas cansadas desaparece por las alcantarillas.
A punto estaba de que brotaran las mías, por pura empatía, cuando la estatua de los deseos me invitó a ponerme al lado del letrero. No importaba si los paseantes echaban la moneda o no. Lo importante era la fe en el anhelo. Eché el mío, ¡y a la vista está! Todo se iluminó  con estrellitas que hubiera querido retener, pero subieron imparables a tachonar el cielo de esta noche de equinoccio (si la luna no hace de las suyas). Confío en que se cumpla.
Últimamente, me dijo la estatua, los amantes solo aspiran transitar la vía con el sucedáneo bajo en calorías, que no les rompa el corazón. ¡Qué lástima!, pensé, La calle de Los Grillos necesita solución, así que fui al ayuntamiento donde trabaja un alcalde que conocí en carnaval, hace unos años. Me ningunearon… Ante tal atropello, empiezo a madurar la idea de formar una plataforma ciudadana para cambiar el sentido, el aspecto y el nombre de La Calle de Los Grillos, por el de La Calle del Azúcar.

© Oteaba Aueroteaba-auer-estatua-de-los-deseos

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