De vez en cuando visito el planeta con el máximo sigilo; no puedo permitirme el lujo de ser detectada. Pero el otro día, mientras paseaba por una calle comercial llena de gente, vislumbré a Pilar Cárdenes, o eso me pareció. Efectivamente era ella. Tenía el semblante apagado y no dudé en saludarla. ¡Oh cielos! Se puso tan contenta que me invitó a sentarnos en un banco para compartir un bocadillo de chorizo de Teror que guardaba en el bolso… Aún me huele el pixelaliento.
Me contó que tiene clavada una espinita: sigue sin plantar el árbol. La consolé como buenamente pude… Cuando se repuso, aprovechó la oportunidad del encuentro para pedirme lo de siempre. ¡Qué sudores! Acepté, aunque no me apetecía nada.
Con la maquetación mostró su satisfacción de manera tan histriónica que no resultaba creíble. Todo por no herir mi sensibilidad, diciendo que la portada no le gustaba. Y yo, que la conozco bien, hice otra bastante modesta al lado de esas maravillas que hace la IA. No importa, igual que la anterior ¡es mía!, tal como el contenido de su última novela “Con la persiana entreabierta” es de su autoría.
El caso es que, a pesar de las discrepancias en el pasado, ahora nos une la misma perspectiva sobre la vida y sus circunstancias. Cosas de la madurez… A los seres pixelados también nos llega.
Oteaba Auer

